Un sueño constante.

mayo 09, 2013


París, mi residencia. Ya casi dominaba el idioma. Creo que hacía tres meses que estaba aquí y ya me había adaptado a las bonitas costumbres de París. A sus domingos de 'picnic' y a sus sábados de rincón en rincón, a sus 'croissants' para desayunar con demasiada mantequilla, a los simpáticos parisinos guapos, a su olor a río... Me había acostumbrado a absolutamente todo, y era feliz aquí. No tenía pensado irme, además, había conocido a Maxime, el chico del río, el fotógrafo. Nunca en la vida había conocido a un chico así, dispuesto a darlo todo por nada, aunque era mutuo. Los mimos iban y venían. Las noches de amor era pura locura, puro mimos y yo era tan feliz... Vivía en un sueño constante del cual no me quería levantar nunca.
Un día cualquiera, a una hora cualquiera, recibí una llamada inesperada. Era un número oculto, de esos que nunca solía coger, pero me pilló de buen humor y pensaba que sería Maxime con alguna de sus tonterías que tanto me gustaba. Pero me equivoqué.
La voz que escuché me era familiar, pero al principio no la relacioné con nadie. A medida que me iba hablando y llamándome con motes cariñosos recordé todo. Un jarrón de agua fría caía sobre mí, mi sueño de estos últimos meses se rompieron tan rápido que ni siquiera me di cuenta de nada. Era aquel imbécil por el cual huí, por el cual subí a aquel avión que ni siquiera sabía su destino. Era aquel imbécil del cual estaba enamorada y por el cual hice cantidad de locuras... Y allí estaba yo, apegada al teléfono dispuesta a escuchar cualquier historia que me venía a contar. Que ni siquiera merecía eso. Casi ni hablé, no pude. Me quede callada asintiendo todo lo que decía. Quería verme. Y yo no estaba dispuesta a dejar que me hiciera daño, que me destrozará de nuevo. Además, estaba Maxime, un fotógrafo guapo, dispuesto a dejarme un día entero para mí, traerme mi cena favorita y a huir de nuevo para dejarme mi espacio, a darme mimos siempre aunque no los necesitará, a taparme por las noches mientras me daba un beso en la mejilla, a abrazarme por las noches y a calentarme los pies fríos... ¿Cómo iba a cambiar todo esto por ese imbécil que no tuvo huevos a decirme las cosas como eran, a no valorarme lo suficiente? 
Cuando terminó de hablar y dejó tiempo para que yo dijera algo, hablé. Tan solo le dije que no era el momento, que era feliz sin él y que no lo necesitaba. Escuché como susurraba mi nombre casi sin aliento. Noté como sorbía por la nariz... ¿Lloraba? Ya no me importaba lo más mínimo. Mi vida ahora era Maxime.

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